martes, 25 de agosto de 2026

La tierra se movió en Cali, pero yo estaba lejos.

 El lunes 10 de agosto, estaba camino a la playa en Ecuador. Habíamos salido muy temprano porque queríamos llegar pronto a nuestras primeras vacaciones de cuatro en mucho tiempo.Tenía sed y, en la carretera, paramos en una tienda para comprar algo para tomar. La dueña y los clientes estaban sospechosamente quietos y callados. Al pagar, les pregunté si había pasado algo. Fue cuando me contaron que, justo cuando yo había entrado,  acababa de terminar un fuerte temblor.

Revisé mi teléfono y descubrí que el epicentro estaba en Colombia, no tan lejos de Cali, la ciudad en la que vivo desde hace poco más de un año. Cuando finalmente tuve acceso a internet, empezaron llamadas y mensajes. Yo tenía que explicarles a mis amigos que no estaba en Cali, que no sabía nada y que estaba lejos. Escribí a mis amigas en Cali y sus respuestas, temerosas y angustiadas, fueron el comienzo de lo que se convertiría en un regreso que me ha conmocionado

Los primeros videos y fotografías me transportaron a una ciudad que todavía estoy aprendiendo a conocer, pero que ya es mi hogar. Ya no son noticias de algo lejano a mí: son las calles que conozco, el barrio donde vivo, las personas que forman parte de mi vida. Yo estaba frente al mar y mi cabeza estaba en otra parte. Estaba de vacaciones mientras personas cercanas a mí vivían el caos y la angustia. Sentía la impotencia de no poder ayudar y, al mismo tiempo, un profundo agradecimiento por no haber estado allí.

Mientras yo intentaba entender lo que estaba pasando desde lejos, las cifras comenzaron a revelar la verdadera magnitud de la tragedia. A fecha de hoy, 25 de agosto, se han reportado 331 fallecidos y 4.439 heridos

En los días posteriores al terremoto, la información era abrumadora: destrucción, pérdidas humanas, desaparecidos y una solidaridad impresionante de los caleños que pusieron cuerpo, pecho y corazón. Nuestro barrio es uno de los más afectados en la ciudad, hay edificios en el piso, otros muy afectados y nuestro conjunto totalmente desalojado. El inicio de las clases no se postergó en el colegio de mi hija. Nosotros, en el medio de todo esto, teníamos que tomar una decisión: regresar sin tener un lugar donde vivir, sin saber cuándo —o incluso si— podríamos volver a nuestra casa, o quedarnos lejos, en Ecuador, nuestro lugar seguro, mientras intentábamos entender qué ocurría.

Decidimos volver. Una amiga se iba de viaje y nos podíamos quedar en su casa. Busqué un Airbnb por un mes para las semanas siguientes y pensamos que enfrentar la realidad pronto era lo mejor para nosotros. Enfrentarla, como los otros miles de caleños, con la destrucción y la incertidumbre, en lugar de seguir imaginándola desde lejos.

Llegamos a Cali por la noche. En la autopista, la ciudad se veía igual que siempre. Pero mientras nos acercábamos a nuestro barrio, todo empezó a cambiar.  Edificios a oscuras, fachadas agrietadas y otros que ya no estaban en pie. Los destrozos en la ciudad que había visto en fotos ahora aparecían en mis ojos. Los daños fueron particularmente graves en algunas zonas de Cali. Unas 200 edificaciones enfrentan por esos días posibles procesos de demolición.



A quince días del terremoto, me siento inundada por las historias de las familias afectadas. Y, sin embargo, poco a poco llega una nueva normalidad. Mi hija está viviendo temporalmente en la casa de una amiga para poder llegar con mayor facilidad al colegio. Nosotros seguimos sin casa y sin saber cuándo volveremos. Estoy experimentando una Cali nueva, viviendo en una parte de la ciudad que antes no era la mía. Al salir de allí, la realidad se mezcla con la vida cotidiana.

El fin de semana fuimos a caminar cerca de un río para despejarnos. Por un momento intentamos hacer algo normal, algo que nos devuelva al presente. Pero al regresar al apartamento para recoger algunas cosas, limpiar un poco y poner agua a las plantas, salimos con el ánimo en el piso. 

El silencio del barrio desalojado. Los edificios destruidos siguen ahí. Este silencio ocupa los espacios donde antes estaba la vida cotidiana. El terremoto no termina cuando la tierra deja de moverse. Para quienes perdieron sus casas, para quienes esperan noticias y para quienes, como nosotros, no saben cuándo pueden volver, el terremoto continúa con la incertidumbre de cada día. Ahora estamos registrados como una familia en emergencia; esta es una realidad que aún no sé cómo sentir.


domingo, 15 de agosto de 2021

9 años han pasado

 Así han pasado. No puedo decir que han pasado rápido porque no se siente así, sobretodo porque veo lo diferentes que son mis hijos ahora que cuando llegamos a Filipinas.

Mi hija hablaba poco y lloraba mucho. Ahora está a pocos centímetros de ser de mi tamaño, calza igual que yo, es hábil como ella sola. Está grande grande, habla más y casi nunca llora.

Mi hijo empezó el segundo año de universidad, vive solo! Es bastante independiente y sigue siendo dulce y chistoso. Lo extrañamos pero nos hace felices verlo tan feliz.


Yo sí siento el paso de los 9 años. Tantas cosas he vivido, me han marcado. He cambiado de trabajos, he empezado mi negocio de fotografía, he hecho nuevas amigas y he perdido amigas, he aprendido tanto tanto del mundo y de mí. Me siento bien. Estoy en el punto caramelo.


Después de estos 9 largos años, ha llegado el momento y nos vamos a otro lugar. Empezaremos el 2022 en el mismo continente, en otra isla cercana, con un idioma totalmente nuevo. 


Taiwán, allá vamos!


miércoles, 27 de enero de 2021

2020, el año que fué, no fué y me marcó como a una vaca lechera

 El 2020 realmente llegó para ser uno de eso años de los que no me voy a olvidar.... no soy la única... seguramente es uno de los años que todos en el mundo recordaremos, el año de la pandemia, el año del encierro, el año de las mascarillas, alcohol, enfermedad y muerte.

Sin esta pandemia de mierda, el 2020 igual habría sido un año que me marcaría la vida. Algunas de las cosas buenas que me sucedieron:

-Empecé el año en el hospital. Por primera vez en mi vida fui hospitalizada. Me quedé 5 días. Había ido a Ecuador y tuve unos intensos encuentros emocionales. Creo que eso desencadenó mi crisis hipertensiva. Fui a una consulta ginecológica donde mi prima y ella midió mi presión. Primera alerta. 

En la noche y al día siguiente no bajaba. Fui al hospital a la emergencia y no volví a salir. Después de miles de exámenes y busqueda de posibles razones, no encontraron nada más que la genética, la edad y mi falta de ejercicio. Después de la medicación diaria, estoy controlada.... y como tengo tanta suerte, mis migrañas casi han desaparecido, así que toda esta terrible noticia llega con muchísimos días extras en mi vida, en los que no tomo mis pastillas para la migraña y duermo encerrada en mi cueva de obscuridad, aire acondicionado y silencio.....

-Mi cachorro cumplió 18, terminó el colegio y empezó la universidad. Así, todas esas cosas pasaron en su vida. Pensaba que iba a sentirme miserablemente triste con su partida, pero no puedo. El está tan contento, cómo puedo estar triste cuando él está feliz. Soy feliz por él y su nueva aventura. Tengo un hijo tan grande!

-Elena. Nuestra primera cachorrita. Nació en septiembre, es una mezcla de labrador con golden. Es bella. Me ayudó a llenar mis momentos solitarios y sin trabajo. Aprendo entrenamiento perruno, dieta y todas las posibilidades de el cuidado y compañía de nuestra bebé. 

-Mi hija es una maestra. Ella es independiente y ha llevado sus clases frente a la computadora como una verdadera guerrera. Sus amigas todas se han ido, no conoce a sus nuevos compañeros ni profesores. Sin embargo ha logrado aprender a tocar un instrumento nuevo, se levanta sola y algunas veces hasta se hace el desayuno.  Donde vivimos, los niños están muy limitados para salir. Hacemos lo posible por caminar por nuestro barrio, que es lindo y gigante. Ella ha crecido tanto! Dibuja hermoso, sabe lo que le gusta y no cede cuando no le parece. Es a todo dar.

-Mi hermana me ama tanto que tuvo un bebé el día de mi cumpleaños. Qué más que eso! Me ha dado tristeza no poder acompañar a mi familia en Ecuador en momentos muy fuertes y tristes. Pero perderme los momentos alegres me deja un hueco. Vivir lejos de la familia es un precio que pago por las experiencias y oportunidades que tenemos. Es un precio que algunas veces parece tan alto.


2020 me has marcadao como a ganado vacuno.







viernes, 16 de agosto de 2019

Viendo peliculas con otros ojos

Es interesante cómo hay tantas situciones, palabras y comportamientos en la vida que antes me parecían normales y ahora me enojan... sobre todo con lo que respecta a las mujeres.

Voy a dar un ejemplo de algo sencillo que me pasó esta semana que me sacudió un poco:

Hace unos 14 años, vi una película que recordaba me había gustado mucho, soy lágrimas de cocodrilo, pero aún así estaba segura que esta película me había hecho llorar a mares.

The Notebook.

Ví que estaba en Netflix y decidí volverla a ver...... desde el inicio me sacudió la decepción... tiene tantas escenas de manipulación... desde la primera escena cuando se conocen... horrible.... si no aceptas salir conmigo, me mato!!! Qué es eso? Es lo que consideraba romántico?.... es un amor de adolescentes tan enfermo.... bueno, ella es adolescente... de él no se sabe bien la edad  :(


La volví a ver entera y preferiría que mi hija no la vea nunca....






lunes, 15 de julio de 2019

El miedo y otros demonios

Creo que me han pasado muchas cosas en la vida, he tenido buenas y malas experiencias, he vivido una que otra aventura y muchas veces digo que soy muy afortunada, no tengo cosas mayores de qué quejarme.

Sin embargo, siempre pienso que hay otras muchas cosas, experiencias y aventuras que he dejado de vivir y creo que el principal responsable de todo eso es el miedo.

No es el miedo que aún tengo a las arañas, ni el miedo a la obscuridad o a la soledad. No, es el MALDITO MIEDO.

Miedo al fracaso, al ridículo, a perder, el querer todo perfecto, el miedo a lo desconocido, otra vez el miedo al ridículo...

Muchas veces el miedo es a cosas básicas, como el miedo a hablar por teléfono... detesto llamar y preguntar cosas... prefiero un mensaje por correo electrónico o el maldito messenger del Facebook... es ridículo pero me paraliza, así es el miedo sin sentido pero quita el poder.

Cuántas veces dejé de hacer cosas por miedo? Detesto tanto esa sensación, siento la pérdida de no haber intentado, o por no haber preguntado, no haber levantado la mano o hecho la pregunta..... peor aún por no haber dicho la respuesta.

... entonces, como tantas veces me siento ya sin poder, me lanzo le mando a la mierda y hago lo que antes pensaba impensable.... y no me pasa nada, no muero en el intento... hasta muchas veces salgo victoriosa y logro lo que quería.

Cuando ya no le permito al miedo detener mis sueños y deseos, decido hacer cosas que me han paralizado antes, me libero de la maldición y la felicidad es intensa, la adrenalina es imparable, casi no importa el resultado sino el hecho de lanzarme.... es casi adictivo.  Me siento tan victoriosa sólo por haber intentado, esas pequeñas victorias que nadie más que yo entiende lo que significan, esas victorias que hacen que el miedo pierda peso, retomo mi vida en mis manos y me siento imparable.

Creo que he vivido más de la mitad de mi vida, finalmente he decidido que yo ya no pierdo: Yo gano o aprendo...  mi mantra para cuando el miedo quiere ponerse en el medio de mis sueños y yo.

A la mierda con el miedo.